Artículo elaborado en base a la investigación publicada en el libro “Los Costos Humanos de la Emigración”
La migración es un fenómeno que acompañó a la humanidad desde sus orígenes. Las guerras, la pobreza, los conflictos políticos y religiosos, los desastres naturales fueron las distintas causas de los movimientos migratorios, desde siempre y aún ahora, esta situación mundial, pero también boliviana se constituye en parte de las estrategias de supervivencia de grandes grupos humanos, de prácticas ancestrales del manejo de diferentes pisos ecológicos en la agricultura, los circuitos inmigratorios campo ciudad, así como los traslados a los países fronterizos y en el último éxodo emigratorio sobre todo a España. Así, las personas van en búsqueda de seguridad, de un mejor trabajo, o simplemente de una mejor vida, lo que muchos llaman tras el “sueño americano”.
La autoestima es la clave de la aceptación personal y social. Como dice Acevedo es darle la oportunidad a cada ser humano de descubrirse único e irrepetible en su diferencia. Los hijos e hijas de emigrantes tienen sentimientos positivos o negativos de su propio valor, y esta relacionada con muchas formas de conducta, además de lo que siente, piensa, quiere, espera, teme... acerca de sí mismo.
La ausencia de referencia moral, afectiva y física que implica la emigración de los padres y/o madres crea en los y las adolescentes sentimientos de pérdida, generándoles vacíos existenciales, emociones contradictorias, tristeza/alegría, comprensión/incomprensión, ausencia/presencia; hace que la pérdida sea incompleta, ambigua, pospuesta y, como alguien la ha llamado, “duelo perpetuo”.
Ante el fenómeno migratorio todos somos responsables. Por una parte, quienes salen con el intento explícito de conformar familias transnacionales. Por otra, la comunidad y las redes locales que han de coadyuvar en el desarrollo integral de este grupo generacional. También pensamos que en la cadena de responsabilidades el Estado juega un papel central en la restauración familiar, a través de sus instituciones porque previene, protege, cumple y hace cumplir los derechos de la niñez y adolescencia, así como que debe garantizar los derechos de las y los ciudadanos bolivianos a través de leyes y convenios internacionales allí donde se encuentren, restableciendo las posibilidades de ser responsables ante sus actos y decisiones.